13 de junio de 2009

Honestidad brutal II

Y de repente, entre filósofos y citas de Freud me quedo sin palabras. Mi silencio te invita a la pregunta. Sos lo suficientemente observador y ya notaste el leve temblor en mis manos y cierta compulsividad en la última pitada a ese cigarrillo. Despacio, dulce, me invitás a la respuesta.

No, no debo, habíamos quedado en no apoyar el sincericidio. Repregunto. Tomá, sos vos ahora el que me tiene que responder.

Y respondés.

Y una a una tus palabras se van marcando en mi corazón. Una a una tus palabras me confirman que tengo que aprender de los golpes.

Abrís una puerta que siempre tenías con candado. Tirás abajo mis hipótesis y parte de mi ilusión. Pero tus ojos se corresponden con tus palabras y sé que estás diciendo la verdad.

Y así, una a una, tus palabras tal vez no son lo que hubiera querido, pero son sinceras y la verdad es un bálsamo a las heridas, una forma de atar a los miedos.

Y cuando me quise dar cuenta me envolvieron tus caricias y tus confesiones y estoy hablando más de la cuenta. Para cuando reaccioné ya sabías de mis más profundas cicatrices y los secretos que guardo con más recelo.

Cuando me quise dar cuenta no habías salido corriendo y sonreías.

Ninguno de los dos sabe qué va a pasar de ahora en más, pero me tomaste la mano y decidiste descubrirlo conmigo. Y si bien los miedos me llaman y me dicen que me quede donde estoy, que la calle es peligrosa, tu mirada me invita a seguirte, a dejar que me lleves a lo más arriesgado del azar. Pero sé tus cartas y vos sabés las mías, y así no hay forma de perder.

No puedo predecir el futuro pero sé que no me vas a dejar volar más de la cuenta si sabés que después no me podés sostener para que no caiga.

Quién te dice, tal vez, estamos tomando la decisión correcta y todo llega a buen puerto y lográs que cierren mis heridas. Quién te dice y logro abrir tus puertas y que me dejes vivir ahí.

O tal vez no y un día decidimos que no sabemos qué hacer con los miedos. Quizás un día ya no querramos saber cómo manejar la incertidumbre.

Nuestra total honestidad me dejó un sabor agridulce y probablemente hoy tenga más miedo que ayer. Pero quiero jugar con vos y vos querés jugar conmigo.

Juguemos, en una de esas ganamos los dos.

¿Quién sabe?

2 comentarios:

Jaki dijo...

Y si, ojalá así sea. Por lo menos está la tranquilidad de haber sido sincera siempre y de esa manera, no queden nudos luego que desatar, y puedas seguir caminando, sola o acompañada, pero caminando tranquila al fin.
Te amo tanto hermana mia, que no sé que haría son vos.

Café (con tostadas) dijo...

ay, che....


ahora me tenté!

ojalá, ojalá sea así. Y dale, que es tan divertido jugar!