30 de diciembre de 2008

4 años.

4 años de interminable dolor. 4 años de preguntarnos una y mil veces por qué, por qué ellos, por qué así, por qué nosotros, por qué.
4 años de gritar justicia hasta quedarnos afónicos. 4 años de llorar sin que haya forma de secar las lágrimas.
4 años de extrañar, de sufrir, de pensar.
4 años en los que las escenas se repiten una y otra vez. Nada cambia.
Loco, ¡nada cambia! ¿Cuántos más? ¿Cuánto sueños más se tienen que hundir para que algo empiece a funcionar? ¿Cuántos años más?
Después de haber intentado encontrar explicaciones, razonamientos, palabras que anestesien un poco el dolor, durante tantos días y noches interminables. Después de añorar los años dorados, donde todos éramos irrompibles. Después de escuchar las cosas más insólitas. Después de escuchar tantas palabras de aliento. Después de ver lo mejor y lo peor. Ya no quedan más palabras.
Ya no hay forma de expresar tanto dolor.
Las heridas no cierran, no hay manera de cerrarlos, el dolor es constante, punzante, un recordatorio en zapatillas, una espina clavada en el medio del alma que nadie puede sacar.
No cierra, no cierra, sangra sin parar en cada acorde, en cada canción, en cada esquina del barrio, en cada cama vacía.
Hartos de escuchar a la gilada, hartos de llorar, hartos de gritar y que nadie nos escuche.
“Cantamos porque los sobrevivientes y nuestros muertos, piden que cantemos”. Ya nadie más puede ignorar ese pedido. Ya nadie más puede mirar para otro lado. Faltan más de 194 almas y nadie nos las quiere devolver. Ya nada es lo mismo, ya nada tiene el mismo sabor, nada brilla tanto. Y todo duele cada vez más.
Podría escribir cinco mil hojas en un intento desesperado de explicar tanto dolor, y aún así me quedaría corta. Sobrepasó ya todos los límites soportables. Ya no hay forma de expresarlo, simplemente pedir, como tantas veces en este país, que nunca mas. Que nunca más nos quiten la ilusión así, que ya no me engañen más ni jueguen conmigo. Que no se quede mi pueblo dormido.
Tal vez no todo es tan imposible, tal vez, un día todo cambie. Mientras tanto seguiremos marchando, sufriendo, llorando, extrañando, para que nadie se olvide, para que el grito de justicia sea unánime. Para que ya no duela, y todos puedan descansar en paz.

4 años.
48 meses.
1461 días.
60.875 horas.
Y en todo eso, siempre las mismas caras, siempre el mismo dolor.

1 comentario:

Jaki dijo...

Soy la canción que acompaña al valor,
desde tu corazón.
Me presento y así desde ahora
tendrás algo más que tu voz
Hasta siempre se despiden ya mis versos,
sólo soy una canción.
Si la vida y la política lo aceptan,
volveré a brillar con vos.
Desde ahora vivir en tu boca,
será mi destino mejor.


Las palabras se las lleva el viento, pero el dolor está arraigado en la tierra, en nuestros cuerpos.
4 años, seguimos pidiendo justicia, ahora y siempre!